lunes, 6 de enero de 2014

El perpetuo cacao, un aromático y espumeante deleite del pasado. Parte II.

El chocolate llamado en la época prehispánica xocolatl (xoco – amargo y alt - agua) fue un alimento de consumo exclusivo de las élites, aunque en celebraciones especiales era permitido al pueblo. El tlatoani lo saboreaba durante el desayuno, alrededor de las diez de la mañana (Ivonne Mijares, Mestizaje Alimentario, p. 16); el cacao se molía en el metate, se disolvía en agua caliente, se endulzaba con miel y en ocasiones se aromatizaba con vainilla y esencia de diferentes flores, principalmente la “flor de oreja” que tiene forma de ojuelas (Cymbopetalumpenduliflorum, ver imagen). En ocasiones se agregaba chile o achiote (Bixa orellana, ver imagen) para pintarlo de rojo, incluso se combinaba con maíz tostado y pochotl o pochote  que es la semilla del árbol de la ceiba, a esta bebida se le conoce con el nombre de pozol.
Foto María Ruiz Cervera. 

    Además del consumo, el cacao en Mesoamérica tenía valor medicinal, ritual y simbólico, se relacionaba con la posición social y con el poder, pues permitía la comunicación con las deidades y se utilizó como moneda.
  Los conquistadores rápidamente integraron a su dieta el chocolate, por su delicioso sabor y su gran contenido energético. Después de la conquista, los españoles prefirieron conservar la mayoría de los alimentos a los que estaban acostumbrados como carnes blancas y rojas, pan de trigo, productos lácteos, distintas leguminosas y frutas del viejo continente como: zanahorias, coles, rábanos, puerros, cebollas, ajos, diferentes cítricos, granadas, duraznos e higos, por mencionar algunas. Sin embargo también adoptaron a su dieta infinidad de frutas y verduras americanas cuyo sabor les pareció extraordinario y por tanto llevaron a Europa, dos casos sobresalientes fueron la papa y por supuesto el chocolate.
   El chocolate fue un alimento que se generalizó en toda la población novohispana durante los tres siglos de Virreinato, como escribió Gemelli Careri "es una bebida que ha llegado a ser casi general para todo el mundo, y de sumo gusto, particularmente para los españoles" (Gemelli, Viaje a la Nueva España, p. 139), en contraste con la época prehispánica que su consumo estuvo limitado a los señores y estratos privilegiados. Lo consumieron todos: los indígenas, los mestizos y castas, los criollos, los españoles, sin importar su edad, ni ocupación: gobernantes, comerciantes, amas de hogar, obispos, monjas y frailes. Como describe Gemelli Careri en su diario de viaje: "Hoy se usa tanto en las Indias, que no hay negro ni peón que no la tome cada día, y los más acomodados cuatro veces al día" (Gemelli, Viaje a la Nueva España, p. 140).
Foto María Ruiz Cervera.

   Ya en la Nueva España, lo incorporaron como parte de la comida diaria, como digestivo, refrescante e incluso como remedio contra algunas enfermedades como asma, cólicos, ventosidades, para estómagos débiles y para desalojar los malos humores (Antonio Rodríguez de León Pinelo, Qvestion moral si el chocolate quebranta el ayuno eclesiástico, p. XXII). Se consumía varias veces al día, en las familias de pobres se tomaba una o dos veces al día principalmente en el desayuno y después de la comida, pues se pensaba que servía como estimulante y digestivo.
  Además al ser una bebida tan cotidiana tuvo otros usos más bien culturales, pues se utilizó como vehículo de representaciones e ideas como la brujería y las supersticiones, por ejemplo para envenenar enemigos, como se verá más adelante con las “Damas Chocolateras” y para hacer amarres de amor, esto se sabe por testificaciones en documentos inquisitoriales en que se acusaba a las susodichas, como María Bravo que fue procesada en 1626 “por haber dado el menstruo en chocolate a su marido” (A.G.N., Instituciones Coloniales, Inquisición, vol. 356, exp. 78) o a Magdalena Méndez juzgada en 1629 porque “daba a beber el menstruo en chocolate”( A.G.N., Instituciones Coloniales, Inquisición, vol. 363, exp. 30).
   Las familias de los estratos altos podían darse el lujo de beber cuatro o cinco jícaras de chocolate al día: en el desayuno, el almuerzo, después de la comida, a la mitad de la tarde y a veces en la noche. Además si había visitas, la bebida ideal para ofrecer era el chocolate, junto con bizcochos dulces y pequeñas pastillas de azúcar (Janet Long (coord.), Conquista y comida, pp. 298, 299).
   Con ello se debe hablar de otro alimento que se convirtió en un favorito de los novohispanos y que hasta nuestros días continúa muy arraigado en el gusto de los mexicanos, éste es el pan dulce. Como dice el dicho “Más pan para el chocolate, más chocolate para el pan”; en la época virreinal los nombraron como los personajes de la época o nombres de acuerdo a sus formas, muchos de los cuales permanecen hasta el presente, algunos de ellos son: virreyes, reinas, arzobispos, duques, ahorcados, curas, novias, calamares, regañadas, ojos de Pancha, ojos de buey, rehiletes, chilindrinas, ladrillos, corbatas, piedras, trenzas, gallinas, conchas, almohadas, panochas, nubes, chimistlanes, mordidas, trompadas, huesitos, campechanas, semitas y conchas (Yuri de Gortari Krauss, Guisos y golosos del Barroco, pp. 17, 18).
Detalle de: José de Páez, De español y negra, mulato 6., c. 1770-1780, óleo sobre cobre 50.2 x 63.8 cm. Colección Particular. Tomada del libro Katzew, Ilona La Pintura de Castas. 

   Regresando al chocolate, durante el virreinato se convirtió en un alimento de primera necesidad, a diferencia de otras partes de América y en Europa que era un producto de lujo. Su consumo fue excesivo, se compraba en grandes cantidades, se sabe que había pequeños talleres que lo procesaban, pero principalmente se confeccionaban la tablillas de chocolate en los conventos de la ciudad de México, en diversas formas, redondas, cuadradas enrolladas, teniendo mayor fama las que hacían las monjas del convento de San Jerónimo, el de las monjas capuchinas y las del convento de Santa Clara (Janet Long (coord.), Conquista y comida, p. 299).
   La pasión por el chocolate llegó a tal grado que los frailes tomaban ocho jícaras al día, pues supuestamente los ayudaba a mantenerse en el estudio y la oración por largo tiempo, pero esto provocó que se escribieron tratados de teología para determinar si el consumo de la bebida rompía o no el ayuno y por tanto si debía o no tomarse en Cuaresma.
   Igualmente debido al efecto excitante que provocaba esta bebida, se les prohibió a las monjas su consumo, se dice que antes de entrar al convento se incorporó como quinto voto el jurar que no iban a tomarlo y que tampoco iniciarían, ni serían cómplices para que otra monja lo hiciera (Antonio Rodríguez de León Pinelo, Qvestion moral si el chocolate quebranta el ayuno eclesiástico, p. VII). Al resto de la gente también se le prohibió tomar el chocolate en días de guardar y antes de comulgar, estas restricciones nos hablan de una práctica común y se conocen gracias a las normas y acusaciones, por ejemplo en procesos inquisitoriales, como el que se hizo contra Francisco Sánchez Enríquez en 1604 por tomar el chocolate antes de comulgar (A.G.N., Instituciones Coloniales, Inquisición, vol. 368, exp. 141).
Imagen tomada de Antonio Rodríguez de León Pinelo, Qvestion moral si el chocolate quebranta el ayuno eclesiástico. 

   Se escribieron diversos textos donde se disertaba éstas y otras propiedades del chocolate, el primero llamado Libro en el cual se trata del chocolate, que provechos haya i si sea bebida saludable o no de Juan de Barrios médico español que llegó a Nueva España  en 1589 (Biografías, Juan de Barrios  http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=barrios-juan-de), publicado en 1609, este libro fue de los primeros en los que se retomó el tema del chocolate desde el punto de vista de la medicina, además plantea si el chocolate quebrantaba el ayuno y por tanto si se podía tomar antes de la comunión. Hasta la fecha no se han encontrado ejemplares, sin embargo se le conoce porque fue retomado por otro tratado llamado Qvestion moral si el chocolate quebranta el ayuno eclesiástico, escrito por el peruano Antonio de León Pinelo y publicado en Madrid en el año 1636. Con éste se puede conocer el impacto que ciertos productos americanos, especialmente el chocolate, tuvieron en el viejo continente. El autor a partir de fundamentos plantea la problemática, su conclusión se basa en la moderación del consumo del chocolate.
   La resolución final de la discusión que se mantuvo por años fue en 1662 con el cardenal Brancaccio que levantó la regla y consideró, que igual que el vino, el chocolate con agua no afectaba en las mortificaciones morales que debían adoptar los religiosos en sus vidas.
   Asimismo otro uso que se le dio al chocolate fue el medicinal y se le adjudicó, convenientemente, la categoría de panacea pues curaba la “debilidad del estómago” y evitaba los desmayos. Y aclaro “convenientemente”, pues a los novohispanos les gustaba tanto que cualquier excusa era buena para poder saborearlo cada vez que podían.
Anónimo, 6. De mulato y española, sale morisco. Mulato, 1. Española 2. Morisco 3.,  c. 1780, óleo sobre lienzo, 38 x 52 cm, Colección de Malú y Alejandra Escandón, México, D.F. Tomada del libro Katzew, Ilona La Pintura de Castas. 

   Durante el siglo XVIII, según Janet Long, en Nueva España se tenía el hábito de comer y beber a toda hora del día, en una cita del escritor Pedro de Estala, menciona que las damas comían casi todo el día: chocolate por la mañana, almuerzo a las 9, otro desayuno a las 11, la comida después de las 12, luego de la siesta un chocolate y finalmente la cena (Janet Long, La cocina mexicana a través de los siglos: La Nueva España, p. 52). 
   Las mujeres eran las principales consumidoras del chocolate, privarse de él representaba una terrible mortificación, lo tomaban cotidianamente, en reuniones oficiales e incluso se sabe que en ceremonias religiosas hubiese o no descanso, como lo describe el monje dominico Thomas Gage en su libro Nuevo reconocimiento de las Indias Occidentales escrito a raíz de su viaje a Nueva España y Guatemala a finales de 1625, publicado en 1702, donde menciona que tomaban “más chocolate que agua los peces en la mar” (Gage, Nuevo reconocimiento de las Indias Occidentales, p. 251); este episodio fue retomado posteriormente por el escritor Artemio del Valle Arizpe en su capítulo “Las Damas Chocolateras” en Del tiempo pasado (Artemio del Valle-Arizpe, Del tiempo pasado, pp. 141-147).  
   Se ha pensado que la sociedad en la Nueva España era altamente jerarquizada, con límites muy marcados entre los estratos sociales, pero si nos internamos en elementos específicos, podemos darnos cuenta que esta sociedad convivía en su vida cotidiana, en los lugares públicos que eran espacios de convergencia como la Plaza, las calles y la Iglesia, donde transitaban todo tipo de individuos diariamente, indígenas, mestizos, negros, mulatos, chinos (que en realidad eran filipinos), criollos y peninsulares. Igualmente podremos ver que ese dinamismo se expresa en algunos gustos de los habitantes de la Nueva España.
Atribuido a José de Alcíbar, 6. De español y negra, mulato, c. 1760-1770, óleo sobre lienzo, 78.8 x 97.2 cm. Denver Art Museum, Colección de Jan y Frederick Mayer. Tomada del libro Katzew, Ilona La Pintura de Castas. 

   De igual forma, a partir del texto de Thomas Gage se puede entender que la disciplina no era tan rígida, por lo que se prestaba a la relajación de las costumbres. El caso que describe el inglés aconteció en Ciudad Real de Chiapa, hoy San Cristóbal de las Casas, Chiapas, en 1625 con el obispo Bernardino de Salazar.
   Las damas de aquella región objetaban sufrir de “flaqueza de estómago” y por tanto si no comían con mucha frecuencia algún alimento podía desfallecer y enfermarse de manera grave, es por ello que comenzaron a consumir chocolate durante los ritos, pues no podían soportar las largas celebraciones religiosas en la catedral.
   Una vez comenzado el sermón del obispo desde el púlpito o el altar, hacían su entrada por la puerta principal del recinto, sirvientas, mozos, esclavos y criados que hacían sonar las ricas bandejas metálicas con pocillos, jícaras, seguramente en ocasiones cocos chocolateros, cucharitas y demás enseres, empujándose entre ellos y haciendo escándalo.
   Las damas esperaban gustosas en sus cojines a que les sirvieran el chocolate espeso, caliente y humeante que llenaba todo el recinto  de un aroma exquisito, seguramente también traían  bizcochos de manteca, espolvoreados con canela, así como otras pastas hojaldradas, panecitos, frutas cubiertas, alfeñiques y dulces de almendra o pepita.             Una vez terminado los sirvientes recogían todo generando más ruido, mientras las señoras se arreglaban el vestido y el cabello para volver a escuchar la misa que continuaba su curso.  
Foto María Ruiz Cervera.

   Las primeras advertencias del obispo fueron amables y delicadas, emitidas con  dulces palabras recomendando a las señoritas llevar pañuelos perfumados con aguas de olores y frascos de sales para refrescarse; al no obtener una respuesta positiva se decidió a colocar una excomunión en la puerta de la Iglesia contra todo aquel que comiera o bebiera en el recinto divino durante la misa.
   Las señoritas escandalizadas argüían que si no se les permitía comer no podrían asistir más a la iglesia. Algunas de las damas de élite hablaron con el prior y con el mismo Thomas Gage, cercanos al obispo, para que mediaran la situación, pero nada consiguieron. Las mujeres comenzaron a hacer burlas sobre el obispo y su excomunión, sin acatar la norma continuaron llevando sus jícaras, hasta que un día se generó tumulto dentro del templo, entre espadas y gritos se  atacaron a los canónigos y capellanes que intentaban quitar la bebida a los sirvientes. Después de este hecho nadie volvió a pisar la catedral y por consiguiente comenzaron a frecuentar las iglesias de los conventos, donde los monjes consintieron los caprichos de las damas chocolateras a cambio de su presencia y regalos.    
   Ante tal situación el obispo levantó otra excomunión en la que se obligaba la asistencia de toda la población a la catedral para escuchar los oficios, pero nadie respondió a las amenazas. Días después el obispo cayó en una enfermedad grave retirándose al convento de Santo Domingo, donde una semana después murió, los doctores afirmaron que había sido envenenado.
   Se sospechó de una jovencita que conocía a uno de los pajes cercanos al obispo, el hecho se conoció como el "jicarazo", pues fue en el mismo chocolate que tanto prohibió prelado donde se colocó la ponzoña, en palabras de Gage sobre lo que se decía en las calles del suceso "Tantos gestos hacia al chocolate en la iglesia, que el que tomó en su casa no le sentó bien" (Gage, Nuevo reconocimiento de las Indias Occidentales, p. 252). Dice el inglés que después de eso no volvió a probar el chocolate, posteriormente se generaron pregones que decían: "Cuidado con el chocolate de Chiapas". 


Foto María Ruiz Cervera

 [Continuará...]

domingo, 5 de enero de 2014

El perpetuo cacao, un aromático y espumeante deleite del pasado. Parte I.

Al revisar diferentes fuentes primarias del siglo XVI y XVII para la clase de Historia de Bienes Culturales, me encontré con Giovanni Francesco Gemelli Careri (Radicena 1651 – Nápoles 1725), quien fue un jurisconsulto y aventurero italiano que dio la vuelta al mundo, viajó por su cuenta a lo largo de Europa, Asia y América.
   Por mucho tiempo buscó que se reconociera su labor en leyes para conseguir un cargo importante sin resultados positivos. Viajó por toda Italia y Europa, en algún momento se volvió mercenario, cuando se cansó de buscar el reconocimiento decidió a viajar para conocer lugares de Oriente que no muchos se atrevieron a explorar, como Turquía, Armenia, Persia, Indostán, Gran Mongol, China y Manila (Javier Dávila, "Gemelli Careri en Nueva España" en Revista destiempos, no. 28, enero-febrero 2011. http://www.destiempos.com/n28/davila.pdf).
   Llegó a la Nueva España el 20 de enero de 1697 con el fin de “satisfacer su curiosidad” según menciona en sus escritos, esto es relevante, pues nos permite interpretar las cosas que escribe, en qué se fija y como lo narra, es decir los ojos con los que miró la realidad de “el otro”. Su estancia fue casi de un año, pues partió del Puerto de Veracruz, con dirección a la Habana y luego a Cádiz, el 4 de diciembre de 1697.
Imagen tomada del libro Giovanni Francesco Gemelli Careri, Viaje a la Nueva España.

   A diferencia de la mayoría de los viajeros llegó por a tierras americanas, después de un largo viaje de más de doscientos días, por el puerto de Acapulco en el galeón San José de Manila en Filipinas. Al llegar a Nueva España llevaba ya alrededor de cuatro años explorando el mundo. Durante sus viajes vivió muchas experiencias azarosas, en variadas ocasiones fue acusado de espía y calumniador, sin embargo salió bien librado de todos esos eventos. Sobre todo ello escribió en su obra Il Giro del Mondo compuesto por seis volúmenes, entre ellos se encuentra el fragmento del Viaje a la Nueva España. Sus escritos se pueden clasificar bajo el género literario de diario de viaje, pues escribió casi día a día y describió los lugares, personas, objetos las experiencias y eventos  que llamaron su atención.
   Al consultarlo me remití inmediatamente a la parte de plantas y animales, específicamente donde habla de chocolate, tema que no he abordado en este blog. Partiendo de esta fuente me dirigí a otras, incluso del siglo XVIII y XIX para complementar información, pues mucho se ha escrito sobre el chocolate, su origen, función, uso y representaciones en diferentes momentos: durante época prehispánica, cuando lo conocieron los primeros conquistadores españoles, de su introducción en Europa, su consumo en la Nueva España como la bebida predilecta de la población novohispana, en menor medida durante el siglo XIX desplazado por otras como el café, hasta nuestros días que continua siendo el favorito de muchos.
    Con base en la información recabada, partiendo de lo escrito por Gemelli Careri, cuya enunciación se aboca a la forma de preparar el chocolate, junto con otros autores como Thomas Gage, además de recetarios de los siglos siglo XVIII-XIX y siguiendo la línea de este espacio virtual, decidí hacer una vez más gastronomía histórica experimental, retomando elementos culturales inherentes al consumo de la espumosa bebida, que enriquecen y dan sabor a esta la probadita del pasado.
   Por medio de la experimentación quiero enfatizar cómo se ha transformado el gusto a través del tiempo, rastreando específicamente los cambios y continuidades en la degustación del chocolate, pues no es lo mismo un chocolate preparado a la manera prehispánica, que virreinal y mucho menos a la actual que suele ser industrializado.  El objetivo es pues aprender del olfato y del gusto y viajar por el tiempo a través de las sensaciones, recordando que hay muchos factores que modifican los sabores (modos de preparación, formas de obtención de materias primas, etcétera), pero que no representan, al ser conscientes de ellos, un límite para percibir y estudiar el gusto.
   Al ser un tema tan vasto y rico decidí presentarlo por entregas, la información fue trabajada y sacada de fuentes primarias, relatos y recetarios de los que haré mención puntual, complementado con datos de otras secundarias. En este primer post hablaré del árbol del cacao, en el siguiente se abordará desde la historia cultural y la vida cotidiana. En una tercera entrega mostraré paso a paso la preparación de los diferentes tipos de chocolate y publicaré los resultados del experimento compartido con un grupo de 20 personas, cuyas observaciones fueron recabadas.

El cacao, alimento de los dioses pasados, presentes y futuros.
El chocolate proviene del árbol del cacao o cacaotero Theobroma cacao, clasificación que le asignó Lineo, amante del chocolate, de ahí “theobroma” del griego “comida de los dioses”. Es una planta difícil de cultivar, requiere de condiciones climáticas específicas por lo que sólo se da en las regiones tropicales (20° al norte y 20° al sur del Ecuador) con temperaturas mayores a 16°C y constante irrigación de agua.
   Las semillas germinan rápidamente, para que den fruto tardan entre tres y cuatro años (ver imagen). Las flores son polinizadas por un mosquito, de todas ellas solo el 3% llegan a ser fruto, que consiste en una vaina con semillas al interior, entre 30 y 40 con una pulpa blanca alrededor. Después de la domesticación de la planta, los agricultores mantienen árboles de otras especies para que les proporcionen sombra y para controlar la población de insectos polinizadores (Sophie D. Coe y Michael D. Coe, La verdadera historia del chocolate, pp. 28, 29).

   Se han definido cerca de 22 especies de cacaoteros que se han separado es seis grupos. Según las hipótesis, algunos botánicos piensan que el género evolucionó en los Andes sudamericanos, antes de que el hombre llegara a América. Se han considerado importantes solo dos especies la Theobroma cacao y Theobroma bicolor, las otras veinte crecen de manera silvestre en el Amazonas, costa del Pacífico, en toda Centroamérica, Caribe y sur de México.
   No se sabe cuándo, ni donde fue domesticada, tampoco cómo es que fue llevado a diferentes regiones, lo que sí se sabe es que el T. cacao mesoamericano fue domesticado en el sureste de México, pues se han encontrado poblaciones silvestres en Chiapas. Esta misma especie produce variedades conocidas como cacao criollo y forastero, además de las mezclas entre estos llamados híbridos (Sophie D. Coe y Michael D. Coe, La verdadera historia del chocolate,  pp. 34-37).
   Existen fuentes primarias para conocer las diferentes plantas que se usaban en América antes de la llegada de los españoles y posteriormente durante la época novohispana, algunas son descripciones de naturalistas, otros diarios de viajes y registro de lo que veían en estas tierras desconocidas, escritos por diversos motivos y con objetivos variados.          
          
     Foto María Ruiz Cervera
       
   El cacao no es la excepción, en el libro Cuatro libros de la naturaleza y virtudes de las plantas y animales de uso medicinal en Nueva España de Fray Francisco Ximénez, publicado en 1615, nombra a la planta como cacahuaquahuitl, que es un árbol originario de regiones calientes y húmedas del sureste; el tronco es alto y ancho con un fruto similar a un pepino, pero de textura acanalada y color rojo llamado cacahuacintli que está lleno de semillas de cacao. Menciona cuatro tipos de cacao, cacahuaquahuitl grande, otro del mismo nombre pero mediano, el xuchicacahuaquiahuitl y el tlacacahuaquahuitl un cacao de menor tamaño, según el fraile sólo este se utilizaba para hacer la bebida (Francisco Ximénez, Cuatro libros de la naturaleza y virtudes de las plantas y animales de uso medicinal en Nueva España, pp. 56-59).
   En el libro del jesuita Joseph de Acosta, Historia natural y moral de las Indias de 1590, se describe como una fruta más chica que las almendras, similar a las frutas secas, pues puede guardarse por mucho tiempo sin que nada le pase. El autor hace alusión a la popularidad del chocolate en América y señala también que quienes no estaban acostumbrados a su sabor "les hace asco, porque tiene una espuma arriba y un borbollón como de heces" (Joseph de Acosta, Historia natural y moral de las Indias, p. 180). En cuanto a la morfología señala que es un árbol mediano de copa amplia, es una planta sensible al sol por lo que se tiene que sembrar un árbol grande que lo tape.
   Gemelli Careri también describió la siembra y morfología del árbol. Primero menciona que se siembra el cacao en suelo caliente y húmedo "con el ojo hacia arriba y bien cubierto de tierra" (Giovanni Francesco Gemelli Careri, Viaje a la Nueva España, p. 139). La planta comienza a crecer en 15 días, en dos años alcanza la altura indispensable para trasplantarlo, esto debe hacerse en un terreno libre de raíces. Se siembran en hileras rodeados de otros árboles frutales y platanares para que proporcionen sombra. Se debe cuidar del frío, el exceso del agua y la plaga de un gusano que lo destruye. Después de cinco años crece lo suficiente y comienza a dar fruto, dice que las hojas se parecen a las del castaño y las flores a los jazmines, de colores amarillas o blancas, luego sale el fruto el cual contiene las semillas, entre diez y quince rodeadas de pelusa blanca, que debe recogerse los días que no hay luna.
Imagen tomada del libro Giovanni Francesco Gemelli Careri, Viaje a la Nueva España.

[Continuará...]

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